“¿Aún amas el dolor, esa es la razón para haberme llamado?, pues el tan solo mencionar aquel suceso hará que mi dolor y mi pasión se conviertan en la tuya… en fin…
Los cuatro nos habíamos distanciado mucho. La paz se convertía cada día en el interés propio de cada uno; el deseo, el poder, y aquellas vanidades que sometían a varias criaturas de este mundo aún seguían distanciadas de nosotros; sin embargo, al ser nosotros cuatro los gobernantes de este mundo, debíamos mantener la paz, quizás el simple hecho de ser por siempre reyes debería algún día superar el hecho de ser hermanos…
Ante la opinión de muchos sabios, la solución era obvia: debíamos satisfacer a nuestros pueblos a costa de otros; solo así se mantendría la paz, al menos para alguno. La otra opción era que, como reyes, debíamos imponernos ante nuestros reinos, pero quizás eso ocasionaría más problemas…
Poco a poco pequeños inconvenientes empezaron a oscurecer aquella relación que nos mantenía pendientes entre nosotros. Si bien nuestro esfuerzo de mantener la calma entre nuestros reinos era cada día más fuerte, también lo eran los habitantes, por alguna razón parecían consumidos por aquellas vanidades, como si algo los forzará…
Cuando los aldeanos y criaturas comenzaran a pelear - era inevitable - los cuatro reyes protegerían a los suyos… así eso implicara enfrentarse a sus hermanos…
A diferencia de todos mis hermanos, yo siempre fui el más fuerte en las diferentes situaciones que afrontamos en nuestras vidas antes de ser reyes; a diferencia de nuestras habilidades, las cuales nos hacían iguales a los cuatro. Yo siempre me consideré el más cobarde para encarar a mis hermanos y esta situación no sería diferente…
Mi pueblo se derrumbaba, mis caballeros sentían mi dolor… pero no compartían mi confusión… incluso nuestra esencia gritaba justicia, mas yo no quería lastimar a mis hermanos; sin embargo…
Ese día la historia me nombre. Ese día mi labor como rey se impuso sobre mi sentimiento hacia mis hermanos. Ese día este mundo consiguió un nuevo rey…
En las afueras de mi palacio, los muros de cristal reflejaban la vida de aquellos quienes aún creían en mí. Este, considerado el santuario de la paz, estaba marchito. El cielo casi llorando gritaba mi nombre, los pocos hombres que quedaban agonizaban, pero aún así seguían…
Aquos, Terran, Pyrus, jugaban a ser dioses con la vida de mi pueblo y eso era algo que yo no permitiría. Eso marcó la traición de mis hermanos y marcó el despertar del Vuelo Negro…
Me coloqué mi armadura y me dirigí a la habitación más alta del Templo Ventus, aquel, que por muchos años había sido mi hogar en este reino, muy pronto se volvería en lo que llaman hoy “El Olvidado”, porque aquí fue donde las leyes de los Ventus, aquello que nos limitaba de convertirnos en la raza más fuerte, sería destruida. Salí de la habitación hacia el balcón, miré la cruel batalla, fue entonces cuando mi voz resonó en todos los pueblos:
Me coloqué mi armadura y me dirigí a la habitación más alta del Templo Ventus, aquel, que por muchos años había sido mi hogar en este reino, muy pronto se volvería en lo que llaman hoy “El Olvidado”, porque aquí fue donde las leyes de los Ventus, aquello que nos limitaba de convertirnos en la raza más fuerte, sería destruida. Salí de la habitación hacia el balcón, miré la cruel batalla, fue entonces cuando mi voz resonó en todos los pueblos:
“Desde este momento las reglas, los valores, la justicia y el poder son míos y en mi derecho derroco a mis hermanos bajo mi nueva imposición ¡Libero El Vuelo Negro!...”
Esa tarde tomé el control de mi pueblo, la oscuridad completa sumergió el sol, el viento parecía devorar todo a su paso, incluso mis Royal Knights sucumbieron ante mi deseo. El Vuelo Negro era libre, eso significaba que el instinto más puro de los Ventus se desataba, su poder los consumía, muchos perdieron el control y tan solo fueron animales de pelea, otros simplemente morían, solo los más aptos tenían el control de sus nuevos poderes e incluso aquellos los cuales su espíritu se mantenía en el campo de batalla despertaron una vez más. Ese día, Los Campos de la Calma se tiñeron de rojo y respiraron la necesidad de venganza de mi nuevo pueblo; sin embargo, la verdadera batalla estaba por comenzar…
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